Una turbante noche, me di cuenta de que estaba perdida en aquel sitio que provoca orgasmos mentales a quienes logran entrar. Yo lo hice, y casi colapsé en un ataque de epilepsia.
El sitio es lúgubre, unas velas casi derretidas por completo, alumbran el lugar de personas llenas de ideas abismales. En el techo piedras preciosas colgaban, el suelo de terciopelo rojo, paredes y muros tapizados fielmente con seda negra. Un sitio formidable,para los amantes nocturnos.
Las platicas resuenan en mi cerebro como ecos que jamas se irán, sus miradas profundas, están guardadas en mi alma. Sus labios perfumados con heroína eran crueles ante mis ojos.
Decidí sentarme, pues las velas han sido apagadas una por una, por un hombre con una corona de espinas, descalzo y con la espalda ensangrentada.
En cuanto tome asiento, enfrente de mi un escenario fue haciendo su aparición ante la tenue luz de la luna...
Una figura humana masculina, de las más deseables, estaba parado frente a mi, meneando su cuerpo con una magia y sensualidad indescriptibles.
La luz de la luna, se infiltraba en lo más profundo de los ojos de aquel hombre. En ese instante pude saber todo sobre el, y un segundo después lo olvidé.
Sus ojos negros, bailaban en silencio, entre mares de humo que eran provocados por el ritmo de sus manos al frotar las cuerdas de su guitarra.
Al ver eso tuve el deseo sofocante de acariciar su cuerpo, quería saber su vida, quería saber en que parte del cuerpo había cicatrices, quería besarlo.Cuando me decidí a ponerme de pie, sin quitar mi mirada sobre el, el hombre delirante se fue esfumando, se convirtió en polvo galáctico...
Abrí y cerré los ojos, ¡ya no había nada ni nadie a mi alrededor! Solo estaba yo, tirada en una calle fría y vacía de New York. Caminé tomada de la mano de mi amante la noche, anduvimos sin rumbo alguno, le platique mi vida a la noche, solo ella me conoce, ella sabe mis delirios, mis locuras y perversiones.
Me ahogué de demencias

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